La Casa lugubre

La Casa lugubre

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Jo prosigue su humilde faena de barrendero en su cruce, sin tener conciencia de la cadena misteriosa que une a ciertos seres, y cuando le preguntan algo, resume su condición mental contestando que «no sabe nada». No sabe sino que le es muy difícil conservar limpia la calle cuando llueve, y que es difícil, en general, mantenerse con lo que gana, pero aun esto ha tenido que adivinarlo, pues nadie le ha enseñado tanto. Vive, es decir, no ha acabado de morir, en un sitio indescriptible, que sus semejantes conocen con el nombre de Tom-completamente-solo, que es una calle sombría y negra cuyas casas amenazan ruina. Algunos vagabundos, muy atrevidos o muy apurados, se apoderaron de aquellas casas desiertas en una época en que ya eran inhabitables, se instalaron en ellas, y acabaron con hacer prevalecer su derecho de posesión, albergando en ellas su miseria y sus harapos. Del mismo modo que los parásitos pululan en el cuerpo del desafortunado a quien abruma la miseria, aquellas ruinas han engendrado una multitud horrible que va a albergarse en ellas, se desliza a través de las grietas de las paredes y se repliega sobre sí misma para dormir. Enjambre monstruoso de larvas sin número, sobre el cual cae la lluvia y brama el viento, y que se esparce, después, por la ciudad, llevando la fiebre y rezumando más mal a su paso del que podrían combatir todos los señores de la burocracia, desde lord Coodle hasta sir Thomas Doodle y el duque de Foodle y todos los caballeros del gobierno, incluido Zoodle, en quinientos años de labor parlamentaria, por mucho que hayan nacido para ello.


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