La Casa lugubre
La Casa lugubre ¡Triste y extraña condición la del pobre Jo! Algo singular y arbitrario debe de ser, para él, el vivir en una ciudad sin comprender esos caracteres misteriosos que abundan en las esquinas, en las tiendas, en las puertas y en las ventanas: encontrar, por todas partes, gentes que saben leer y escribir, carteros que reparten cartas, y ¡no tener la menor idea de ese lenguaje ante el cual uno es como si fuera sordo y ciego! Ha de constituir un enigma muy embarazoso ver cómo los domingos van todas las personas decentes a la iglesia con un libro en la mano, y pensar (porque es muy posible que Jo piense alguna vez): «¿Cómo es que eso no significa nada para mí mientras lo significa todo para los demás?». ¿No es un motivo de perpetuo asombro ser empujado y arrastrado continuamente, no poder detenerse en ninguna parte, sin que os digan que sigáis vuestro camino, y comprender, en efecto, que no hay razón alguna para estar allí mejor que en otro punto, que no se tiene nada que hacer en ningún sitio, y que, sin embargo, existes, y has llegado a ser hombre, pasando completamente inadvertido? Ha de ser una cosa muy extraña no solamente advertir que no se le cuenta a uno como criatura humana, cuando, por ejemplo, ofrece su testimonio, sino convenir, en general, en que esto es verdad, que es la pura realidad. Ver cómo pasan los caballos, los perros y los bueyes y reconocer que por su ignorancia pertenecen a una especie inferior y no a la de los seres formados como nosotros. Las ideas de Jo sobre un proceso judicial, un juez, un obispo o un gobierno cualesquiera, o sobre la Constitución, esa joya tan inapreciable (si realmente tiene alguna idea formada sobre ella), deben de ser muy particulares. Todo en su vida material y moral es extraño, y su muerte no será lo menos curioso que habrá en su vida.