La Casa lugubre
La Casa lugubre Jo sale de Tom-completamente-solo y va a esperar la luz del día, que aún no ha asomado, y mientras anda, muerde un mendrugo de pan, duro y sucio.
Ninguna puerta está abierta todavía. Se sienta para desayunar en uno de los escalones de la entrada de una sociedad que se ocupa de «la propagación del Evangelio en los países lejanos», y los barre, cuando ha acabado, en reconocimiento del asiento que le han proporcionado. Se pregunta cuál será el uso de aquel edificio, cuya magnificencia admira, y no sospecha el infeliz la desnudez espiritual en que se encuentran los arrecifes de coral del océano Pacífico, así como ignora el trabajo que supone el hacer salir de su abyección a las almas perdidas que vegetan entre los cocoteros y las palmeras.
Se dirige hacia el cruce, cuya limpieza tiene a su cuidado, y empieza a trabajar en cuanto llega. La ciudad se despierta, la multitud se agita, y por todos lados se empieza a leer y a escribir. Jo, y los demás animales inferiores, se arreglan como pueden en aquel inmenso bullicio. Es día de mercado, los bueyes se precipitan huyendo del aguijón que los empuja y no los guía, entran donde no deben, pero son expulsados a palos y se lanzan, con la testuz baja y los ojos cerrados, contra las paredes, que se resquebrajan a veces con sus cuernos, corren sin dirección fija, sin saber lo que hacen, lo mismo que Jo y los otros semejantes a Jo.