La Casa lugubre

La Casa lugubre

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Una cuadrilla de músicos ambulantes se para y toca un vals. Jo lo escucha, y lo mismo hace el perro de un conductor de animales, que espera a su amo en la puerta de una carnicería, y que piensa sin duda en los carneros que le había confiado en el camino, y de los que ya se encuentra libre. Sin embargo, parece inquietarle la suerte de cuatro de ellos. No recuerda el sitio donde se apartaron del rebaño, y mira de un extremo a otro de la calle esperando verlos reaparecer, pero endereza de pronto las orejas y se acuerda, por fin, de cuándo ha sucedido. ¡Pobre perro! Es algo vagabundo. Aunque acostumbrado a andar por las tabernas y con malas compañías, han tenido buen cuidado en enseñarle, en adiestrarlo y en mejorarlo, y por ello conoce sus deberes y sabe cumplirlos. Jo y él escuchan la música, con la misma dosis de goce animal, y son, probablemente, tan extraños el uno como el otro a los recuerdos, a las evocaciones y a los pensamientos tristes o alegres que despierta la música en los hombres. No obstante, bajo todos los demás aspectos, puede afirmarse que el bruto se encuentra a un nivel muy superior al de los racionales.

¿Qué pasaría si la prole del perro, abandonada a sí misma, se viera relegada como Jo al estado salvaje? Pues pasaría, sin duda, que muy pronto degeneraría hasta el punto de perder su capacidad de ladrar y solo retendría la de morder.


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