La Casa lugubre

La Casa lugubre

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El día avanza, el cielo se nubla y cae una lluvia fina y helada. Jo termina su tarea de la mejor manera que puede en medio del lodo, de los carruajes, de los paraguas, de los caballos y de los latigazos, y gana, a duras penas, lo que necesita para vivir su vida miserable. Llega el crepúsculo, se encienden los mecheros de gas en las tiendas, el farolero corre con su escalera a lo largo de las calles. Comienza una triste noche.

El señor Tulkinghorn está en su despacho y medita sobre cierta declaración que piensa hacer al día siguiente ante el magistrado de turno. Gridley, un litigante desengañado cuya agresividad es excesiva, ha ido a su encuentro y lo ha amenazado, y por ese motivo el insolente Gridley debe volver a la cárcel. La Alegoría del techo, con la apariencia de un romano, con la cabeza abajo y con los pies hacia el aire, extiende el brazo descoyuntado hacia la ventana, que señala obcecadamente con un dedo. Pero el señor Tulkinghorn no es tan necio: ¿por qué habría de mirar a la calle? ¿Quién le obligaría a hacer caso del eterno gesto de la imagen? Así pues, el señor Tulkinghorn no se mueve de su asiento.




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