La Casa lugubre

La Casa lugubre

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Estaba paseando por los jardines con Ada cuando vinieron a decirme que una persona deseaba hablarme. Pasé inmediatamente al comedor, en donde la visita me esperaba, y allí me encontré a la doncella de milady, aquella francesa que se había quitado los zapatos para andar sobre la hierba mojada el día de la tormenta.

—Señorita —me dijo deteniendo en mí su mirada penetrante, pero de forma agradable y hablando sin osadía y sin servilismo—, me he tomado la libertad de venir aquí esperando, dada su amabilidad, que se digne perdonarme, señorita.

—No tiene usted necesidad de pedir perdón alguno —repliqué—. Me han dicho que deseaba usted hablarme.

—Sí, señorita, y le doy las gracias por haberme recibido. Me permite usted que le diga el objeto que me trae, ¿verdad? —dijo rápida y espontáneamente.

—Con mucho gusto —respondí.

—¡Qué amable es usted! Pues bien, sepa usted que ya no estoy al servicio de milady. Nuestros caracteres no congeniaban. ¡Es tan orgullosa milady…! Perdone usted, señorita… tiene usted razón —dijo, adivinando mi pensamiento—. No tengo derecho a venir a quejarme de milady, pero ¡es tan orgullosa! No insistiré sobre esto, porque bien lo sabe todo el mundo.

—¿Cuál es el objeto de su visita? —dije.


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