La Casa lugubre

La Casa lugubre

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—Es usted tan bondadosa como discreta, señorita. El objeto que me trae aquí es el siguiente: deseo entrar al servicio de una señorita buena, amable y bella como usted… ¡Ah, si tuviera la suerte de servirla!

—Lo siento mucho, pero… —empecé.

—No me despida aún, señorita, y permítame tener una esperanza, señorita —dijo frunciendo, involuntariamente, sus hermosas cejas—. Sé que la colocación será menos brillante que la que dejo, y que la vida que llevaré será más apartada, pero precisamente es esto lo que deseo. No ganaré tanto, ¿qué me importa? Pero seré más feliz.

—Le aseguro —le respondí, llena de confusión al pensar en emplear a una doncella así—, que mi posición no es para necesitar de sus servicios.

—Y ¿por qué no, cuando podría tener a alguien tan fiel que tendría un verdadero placer en servirla, que sería sincera, diligente y leal día tras día? Señorita, deseo con toda mi alma servirla. No me hable usted de dinero. Cójame tal como vengo, por nada.

Hablaba con una vehemencia tan singular que retrocedí, poco menos que asustada, pero ella no pareció advertirlo y continuó sus súplicas en voz baja y rápida y expresándose siempre con cierta gracia y hasta con elocuencia.


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