La Casa lugubre
La Casa lugubre —Soy del mediodÃa de Francia, señorita, de un paÃs en donde se ama y se odia con vehemencia. Milady era muy orgullosa para mà y yo lo era demasiado para ella. Tómeme usted a su servicio y tengo la seguridad de que quedará usted satisfecha. Haré por usted más de lo que puede imaginar… Acepte mis servicios y no se arrepentirá.
Escuchó sin interrumpirme las explicaciones que le di en relación a la imposibilidad de emplearla a mi servicio (creà inútil confesarle que no lo deseaba), lo que pareció traer ante mà a alguna mujer llegada de las calles del ParÃs del Terror.
Escuchó sin interrumpirme, y después dijo, con su bonito acento y con su tono más suave:
—Es decir, ¿que no puedo esperar otra contestación? Lo siento vivamente. Iré a buscar en otra parte lo que no he encontrado aquÃ. ¿Me permitirá usted que le bese la mano?
Me miró con mucha atención, y pareció al tocarme la mano algo asà como si tomara nota de todas las venas y rayas que habÃa en ella.
—Supongo que la sorprenderÃa el dÃa de la tempestad —me dijo cuando se despedÃa.
Le confesé que realmente nos habÃa sorprendido mucho.