La Casa lugubre
La Casa lugubre El señor Kenge se quedó mirándonos mientras se arreglaba la corbata.
—¿Y el señor Jellyby, señor? —insinuó Richard.
—¡Ah! El señor Jellyby —dijo el señor Kenge— es…, no sé cómo describÃrselo mejor que diciendo que es el marido de la señora Jellyby.
—¿Un don nadie? —dijo Richard con una mirada irónica.
—Yo no dirÃa tal cosa —respondió el señor Kenge con seriedad—, no podrÃa decirlo entre otras razones porque no sé nada de él. Nunca, que yo sepa, he tenido el placer de encontrarme con el señor Jellyby. Tal vez sea un hombre excelente, aunque está, por asà decirlo, completamente eclipsado por las luminosas cualidades de su mujer.
El señor Kenge pasó a contarnos que, como el camino a la Casa lúgubre serÃa largo, sombrÃo y aburrido en una tarde como aquella y como ese dÃa ya habÃamos estado viajando, el señor Jarndyce habÃa propuesto él mismo este acuerdo. HabrÃa un carruaje en casa de la señora Jellyby para llevarnos fuera de la ciudad a la mañana siguiente.
Llamó entonces con la campanilla, y entró el joven caballero.