La Casa lugubre

La Casa lugubre

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No había aparecido nadie perteneciente a la casa salvo una persona con zuecos, que lo apaleó con una escoba desde abajo, no sé con qué finalidad, y no creo que ella lo supiese. De esto deduje que la señora Jellyby no estaba en casa, y me quedé bastante sorprendida cuando apareció la misma persona en el pasillo sin los zuecos, subió a la trastienda del primer piso delante de Ada y de mí, y allí nos anunció como «¡Las dos jóvenes señoritas, señora Jellyby!». Siguieron detrás de nosotros varios niños más, y nos vimos en apuros para no atropellarlos al avanzar en la oscuridad; y, cuando llegamos ante la señora Jellyby, una de aquellas pobrecitas criaturas rodó por la escalera un tramo entero (así me pareció oír), con gran estrépito. La señora Jellyby, cuyo rostro no se inmutó lo más mínimo (lo que no pudimos evitar mostrar en los nuestros al retumbar la cabeza del angelito a su paso con un golpe en cada escalón, Richard nos diría después que había contado siete además de uno del rellano), nos recibió con la más perfecta serenidad. Era una mujer minúscula, regordeta, de entre cuarenta y cincuenta años de edad, agraciada, con ojos bonitos, aunque tenían la curiosa costumbre de mirar en lontananza. Como si (cito a Richard de nuevo) el objeto más próximo que pudiese alcanzar su vista estuviese en África.



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