La Casa lugubre

La Casa lugubre

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—Siento un verdadero placer —nos dijo la señora Jellyby con agradable voz— en recibirlos. El señor Jarndyce me merece el más profundo respeto, y no pueden resultarme indiferentes las personas por quienes se interesa.

Le expresamos nuestra gratitud y fuimos a sentarnos detrás de la puerta donde había un sofá cojo. La señora Jellyby tenía un cabello muy bonito, pero estaba muy ocupada con sus deberes africanos como para peinarse. Se le cayó el chal, en el que se había envuelto sin apretarlo, a la silla, cuando avanzó hacia nosotros. Y, como se volvió para regresar a su asiento, no pudimos dejar de advertir que su vestido ni con mucho se unía por la espalda y que ese espacio abierto era recorrido por una celosía de corsé, como las de las casas de verano.

La habitación, inundada de papeles, y casi enteramente ocupada por un enorme escritorio, cubierto igualmente de legajos, estaba, debo decir, no solo muy desordenada, sino muy sucia. Se nos obligaba a prestar atención de ello con nuestro sentido de la vista, al tiempo que, con nuestro sentido del oído, atendíamos al pobre niño que había dado volteretas escaleras abajo: creo que estaba en la cocina de atrás, donde todo el mundo parecía reprenderlo.


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