La Casa lugubre

La Casa lugubre

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Pero lo que nos produjo curiosidad fue una chica hastiada y de aspecto enfermizo, aunque en absoluto fea, que, sentada delante de la mesa, mordía las barbas de su pluma fijando en nosotros su mirada. Jamás recuerdo haber visto a persona alguna más llena de manchas de tinta. Y, desde la maraña de sus cabellos hasta sus lindos pies, que estropeaban unas zapatillas de raso raídas y rotas, en chancla, parecía no tener realmente ninguna de las prendas de su vestido, ni un solo alfiler, que estuviera en el debido estado o en el lugar correcto.

—Me encuentran ustedes, queridos —dijo la señora Jellyby—, apagando las dos grandes velas en candeleros de plomo del despacho, que perfuman la habitación con un fuerte olor a sebo. —El fuego se había extinguido, y no había nada en la chimenea más que ceniza, un haz de leña y un atizador—. Me encuentran, queridos, como siempre, muy ocupada, tendrán que perdonármelo. El proyecto africano ahora mismo no me deja ni un momento de reposo. Me obliga a sostener una constante correspondencia con varios ministerios y con personas preocupadas por el bienestar de su especie en todo el país. Tengo la satisfacción de anunciarles que la empresa avanza. Para el año próximo confiamos tener de ciento cincuenta a doscientas robustas familias que van a cultivar el café y a instruir a los indígenas de Borrioboola-Gha, en la orilla izquierda del Níger.


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