La Casa lugubre
La Casa lugubre Como Ada no dijo nada, pero me había mirado, dije yo que el resultado debía de ser muy satisfactorio.
—Es altamente satisfactorio —dijo la señora Jellyby—. Esta obra implica la dedicación de todas mis energías, tantas como sean, pero eso me da igual, todo lo doy por bien empleado. Día a día me parece más seguro el éxito. Y casi me asombra, de verdad, señorita Summerson, cómo no ha pensado usted nunca en irse a África.
Esta solicitud me cogió desprevenida por completo, y no supe, francamente, qué contestar. Insinué que el clima…
—¡El clima más delicioso de la tierra! —dijo la señora Jellyby.
—¿De verdad, señora?
—Desde luego. Con precauciones —dijo la señora Jellyby—. Puede ir usted a Holborn sin tomarlas, y ser atropellada. Puede ir usted a Holborn tomándolas, y no ser atropellada nunca. Lo mismo ocurre con África.
—No lo dudo —dije, pensando en Holborn.
—Si quiere usted —dijo la señora Jellyby, alcanzándonos varios periódicos— echar una ojeada de las observaciones sobre este asunto, que ha sido ampliamente divulgado, mientras acabo de dictarle una carta ahora a mi hija mayor, que es mi amanuense.