La Casa lugubre

La Casa lugubre

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La chica de la mesa dejó de morder su pluma y nos devolvió el saludo con uno que era a medias avergonzado y a medias malhumorado.

—En un momento habré terminado —prosiguió la señora Jellyby con una dulce sonrisa—, aunque mi trabajo no acaba nunca. ¿Dónde estábamos, Caddy?

—Saludo al señor Swallow y le suplico… —dijo Caddy.

—… y le suplico —dijo la señora Jellyby dictando— que lo informe, en atención a su carta donde preguntaba sobre el proyecto africano… ¡No, Peepy, bajo ningún concepto!

El autodenominado Peepy era el desafortunado niño que había rodado por la escalera, quien ahora interrumpía la correspondencia presentándose con la frente cubierta de un emplasto y enseñando las heridas de sus rodillas. Ada y yo no sabíamos qué nos daba más lástima: las contusiones o su suciedad. La señora Jellyby dijo tan solo, sin perder la habitual serenidad con que decía todo:

—Vete de aquí, Peepy travieso. —Y volvió sus bonitos ojos a África otra vez.


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