La Casa lugubre

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—Preferiría vender fósforos por las calles —exclama la señora Perkins.

La señora Piper es de la misma opinión, porque ha pensado siempre que una condición respetable es preferible a los aplausos de la multitud, y ambas dan gracias al cielo por haber conservado el respeto de su apellido.

El mozo del Sol’s Arms aparece, entonces, con un vaso de espumosa cerveza. La señora Perkins lo acepta y vuelve a su casa después de dar las buenas noches antes de acostarse a la señora Piper, que lleva en la mano otro vaso de cerveza que le ha traído su hijo del mismo sitio.

Se oye el ruido de las puertas de las tiendas al cerrarlas, se extiende por la plaza un olor a tabaco de pipa, y la luz que brilla en los pisos superiores indica que ha llegado la hora del descanso. El policía comienza a empujar las puertas para cerciorarse de si están bien cerradas, mira con recelo por todas partes y empieza su ronda guiado por la hipótesis de que no hay más que ladrones o víctimas de robos.



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