La Casa lugubre

La Casa lugubre

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La atmósfera es asfixiante a pesar del frío, que es húmedo e intenso. Y los jirones de niebla. Es una de esas noches en que los mataderos, los negocios insanos, las cloacas, las aguas contaminadas y los cementerios se aprovechan para aumentar el trabajo del empleado encargado de la Sección de Fallecimientos del Registro Civil. Quizá sea algo que hay en el aire —está muy cargado— o quizá alguna culpa que lleve en su interior, pero el caso es que el señor Weevle, también conocido como Jobling, siente un malestar extraño. Más de veinte veces ha ido en una hora desde su habitación a la puerta de la calle. Después de que el señor canciller haya cerrado la tienda, lo que ha hecho muy temprano esta noche, no hace más que subir y bajar, ir y volver con su gorra de terciopelo que le oprime el cráneo y hace resaltar sus enormes patillas.

No es extraño que el señor Snagsby experimente el mismo malestar porque continuamente está agobiado, en mayor o menor medida, por el secreto en que se halla implicado, pero que desconoce, y se pasea por delante de la tienda del trapero, quien, según su opinión, es el origen de todo. Aquella noche pasa por delante del Sol’s Arms con la intención de ir tan solo hasta el final de Chancery Lane y volver, pero, después de dar ese rodeo, se dirige a pesar suyo, y por un atractivo irresistible a la tienda del señor Krook.


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