La Casa lugubre
La Casa lugubre —Vaya, ¿usted por aquÃ, señor Weevle? —dice el papelero parándose para hablar.
—¡Ah! —exclama el señor Weevle—. Aquà estoy, señor Snagsby.
—¿Ha salido para tomar un poquito el aire antes de acostarse, como yo? —pregunta el proveedor.
—Mal puede tomarse esta noche el aire, pues el poco que hay no me parece muy puro —responde el señor Weevle mirando arriba y abajo a la plaza.
—Es cierto. ¿Y no advierte usted —añade el papelero olfateando y paladeando el aire— que se percibe un olor como a grasa?
—La misma observación he hecho yo —responde el señor Weevle—. Es un olor muy extraño como si estuvieran asando chuletas en el Sol’s Arms.
—¿Chuletas? —pregunta el señor Snagsby, quien respira nuevamente con fuerza para cerciorarse—. Tal vez tenga usted razón, pero me atreverÃa a decir que la cocinera se ha dormido, porque las chuletas se están quemando.
El señor Snagsby vuelve a olfatear y paladear el aire, escupe y se limpia los labios.
—Y me imagino que las chuletas no estaban muy frescas cuando las pusieron en las parrillas.
—Puede que sÃ. ¡Qué tiempo tan pésimo! El aire es irrespirable.