La Casa lugubre
La Casa lugubre —Lo cual es preferible a ser dos idiotas y lo serÃamos si obrásemos de otro modo. ¿Y la segunda?
—Que no estoy seguro aún de la utilidad que conllevará este asunto.
El señor Guppy mira el retrato de lady Dedlock y responde:
—Tony, te suplico que te fÃes del honor de tu amigo. No solamente este asunto habrá de servirle en los importantes intereses que tienen relación con esas cuerdas del corazón humano…, cuerdas… a las cuales es inútil imprimir ahora una vibración dolorosa… Créeme, tu amigo no es un idiota. ¿Qué hora están dando, Tony?
—Están dando las once en el reloj de Saint Paul. Presta atención y oirás cómo le contestan todos los de la ciudad.
Se callan ambos para escuchar las voces metálicas, cercanas o distantes, que resuenan desde torres de diferentes alturas, en tonos más distantes que sus emplazamientos. Al cesar la última campanada, la calma profunda de la noche parece aún más misteriosa.