La historia de nadie y otros cuentos

La historia de nadie y otros cuentos

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Eso sucedió al día siguiente en que la señora Atherfield cantó para nosotros por primera vez. Propuse entonces que, siempre que el tiempo lo permitiera, oiríamos una historia dos horas después del almuerzo —la ración era repartida a la una en punto— y una canción al anochecer. La proposición fue recibida con tanta satisfacción que me proporcionó gran consuelo; no hablo demasiado cuando digo que esos dos momentos eran esperados con positivo placer dentro de las veinticuatro horas del día, y disfrutados igualmente por todos.

Muy pronto nuestros cuerpos consumidos semejaron espectros, pero nuestra imaginación no pereció como lo hizo la carne que recubría nuestros huesos. La música y las aventuras, dos de los grandes dones que la Providencia diera a la Humanidad, podrían encantarnos hasta mucho después de haber perdido toda apariencia humana.

El viento estaba casi siempre en contra nuestra a partir del segundo día; y por espacio de mucho tiempo apenas si podíamos sostenernos. Soportábamos toda clase de temporales: lluvias, granizo, nieve, viento, nieblas, truenos y relámpagos. Los botes navegaban sobre el cruel océano, y su tripulación, extenuada, se levantaba y volvía a caer a causa de las enormes olas.


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