La historia de nadie y otros cuentos
La historia de nadie y otros cuentos Empezaba ya a notar entonces ciertos cambios en mi persona, que no me agradaban en absoluto y que me causaban gran inquietud. Veía con frecuencia a la pequeña Lucy en el aire, sobre el bote, y otras veces sentada a mi lado. Veía naufragar al Golden Mary, tal como realmente sucedió, veinte veces al día. Y aun el mar aparecía en mi pensamiento, no como un mar verdadero, sino como un campo móvil con regiones extraordinariamente montañosas como jamás había contemplado antes. Tuve tiempo suficiente para decir las últimas palabras dirigidas a John Steadiman, en caso de que alguien sobreviviera para poder repetirlas a un ser viviente. Revelé lo que John me había dicho mientras permanecía sobre cubierta y la orden que dio de arrojar los barriles por la proa, en el instante en que podía oírse con claridad; también el hecho de que trató de virar la nave, que chocó antes de que pudiera realizar la maniobra. (Su grito, me atrevo a decir, dio origen a mi sueño). Dije que las circunstancias fueron del todo imprevistas y su curso no pudo ser evitado; que igual pérdida se hubiera sufrido estando yo en la dirección de la nave, y que no debía culparse a John, pues desde el principio hasta el fin cumplió su deber con nobleza, siendo como siempre clara su línea de conducta. Traté de anotarlo en mi libreta de apuntes, pero no pude escribir palabra, aun cuando sabía bien lo que debía escribir. Llegado a este punto, las manos de la niña, que yo sabía muerta hacía tiempo, me acostaron gentilmente en el suelo del bote, mientras este y las manos de la rubia Lucy mecieron mi sueño.