La historia de nadie y otros cuentos
La historia de nadie y otros cuentos Acampamos, como dije; cenamos, dispusimos la guardia y los niños se durmieron. Era hermoso y solemne verlos en esas regiones solitarias arrodillarse bajo el cielo estrellado repitiendo todas las noches antes de dormirse las oraciones sobre el regazo de sus madres. En esos momentos todos los hombres nos descubríamos, manteniéndonos a distancia. Cuando las inocentes criaturas se dormían murmurábamos a coro: «¡Amén!», pues a pesar de no haber escuchado lo que decían, sabíamos que debía hacernos gran bien.
En esos mismos instantes, como era natural, aquellas pobres madres, cuyos hijos habían sido asesinados, derramaban abundantes lágrimas. Pensé que la escena tal vez les llevaría consuelo al mismo tiempo que lloraban, pero aun cuando estuviera equivocado o en lo cierto, la verdad es que desgarraba el corazón verlas llorar.
Esa noche la señora Fisher sollozó por su hijita perdida hasta quedar profundamente dormida. Yacía sobre una capa de hojas —yo trataba cada noche de hacer el improvisado camastro en la mejor forma posible— mientras la señorita Maryon la cubría, sentada a su lado y sosteniendo una de sus manos. Las estrellas las contemplaban desde el cielo. En lo que a mí respecta, trataba de cumplir mi cometido en la mejor forma.
—Davis —dijo la señorita Maryon; no intento describir su voz; no podría aunque lo hiciera.
—Aquí estoy, señorita.