La historia de nadie y otros cuentos
La historia de nadie y otros cuentos El clarinetista era muy comunicativo y, como mis inclinaciones suelen ser, por lo general, de una propensión muy dispuesta a la vagancia, acompañé a los integrantes de la comparsa a través de un prado abierto, llamado Las vides, y «asistidos», en el sentido francés de la palabra, por la ejecución de dos valses, dos polcas y tres melodías irlandesas, olvidando casi que debía regresar a mi posada. De todas formas volvía a ella luego y encontré a un violinista en la cocina, y a Ben, el joven de ojos azules, y dos sirvientas rodeando la mesa en la mayor animación.
Pasé muy mala noche. Tal vez no fuera debido al pavo o la carne asada —el ponche está fuera de la cuestión—, pero en cada intento que hice tratando de quedarme dormido fracasé lamentablemente. No dormí, y, en cualquier dirección irrazonable que mi mente vagara, la efigie de Richard Watts turbaba mi imaginación.
En una palabra, solo pude librarme de él saltando de la cama en la oscuridad, a las seis en punto, y volcando encima de mí, como es mi costumbre habitual, toda el agua fría que pude acumular con ese propósito. El aire exterior era húmedo y frío cuando salí a la calle, y la única vela que alumbraba el comedor, desde el cual se veía el asilo, parecía tan pálida en su resplandor como si ella también hubiera pasado una mala noche.