La historia de nadie y otros cuentos
La historia de nadie y otros cuentos Atravesando matorrales, la suavidad de mis pisadas sobre el suelo cubierto de musgo y sobre la alfombra de hojas secas aumentaba la santidad de la Navidad que me rodeaba. Mientras me envolvían los vapores blanquecinos, pensé cómo el Creador del tiempo nunca alzó su mano bienhechora más que para bendecir y curar, exceptuando el caso de algún árbol insensible. Cerca de Coham Hall me acerqué al pueblo y al cementerio, donde los muertos eran enterrados pacíficamente, con la esperanza cierta y segura que inspira la Navidad. ¿Qué chiquillos podía ver jugar sin tomarles cariño, recordando a quien los hubo antes amado?
Ni un jardín estaba en disonancia con el día, pues yo recordaba que su tumba estaba en un jardín y «ella, imaginando que él fuera el jardinero, dijo: Señor, si le habéis conducido hasta aquí, decidme dónde le habéis enterrado, y le llevaré conmigo». Poco después el río distante y los vapores se hicieron visibles, y con ellos las figuras de los pobres pescadores remendando sus redes, que se levantaron y le siguieron, mientras predicaba en una barca arrastrada a algunos metros de la playa, debido a la gran multitud. Luego su figura majestuosa caminando sobre el agua, en la soledad de la noche. La sombra misma de mi cuerpo sobre el suelo era conmovedora, pues ¿no tendían las gentes a sus enfermos acaso en el lugar donde la sombra de los hombres que le vieron y le oyeron pudiera caer por donde ellos pasaran?