La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Tan grande es, empero, la diferencia entre ciudad y campo que nadie reparó lo más mínimo en aquella postura insinuante: la gente sencilla que lo rodeaba estaba ocupada en despedir a los viajeros besando manos, ondeando pañuelos y practicando otras cosas igual de vulgares y corrientes. En efecto, el caballero soltero y el señor Garland ya habían subido al carruaje, el postillón estaba listo sobre su montura y Kit, bien abrigado, ocupaba la silla trasera. Y allí cerca estaban la señora Garland y el señor Abel y la madre de Kit y el pequeño Jacob, mientras que la madre de Bárbara estaba algo más lejos cuidando del siempre despierto bebé; todos saludando con la cabeza, con las manos, haciendo reverencias o gritando «¡buen viaje!» con toda la energía de que eran capaces. Un minuto después, el carruaje había desaparecido de la vista y el señor Chuckster seguía solo en el mismo lugar, teniendo todavía en la retina la imagen de Kit, de pie sobre la silla, saludando con la mano a Bárbara, y Bárbara en la plena luz y fulgor de sus ojos (de los suyos, de Chuckster, Chuckster el conquistador, a quien las damas miraban con agrado desde sus faetones al pasear por los parques los domingos) respondiendo al saludo de Kit.
