La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —Sà —asintió su amigo—, podemos ahorrarnos el resto. Usted conoce el pobre resultado de mis pesquisas. Incluso cuando, después de algunas pesquisas sagaces, supimos que habÃan sido avistados en compañÃa de dos pobres titiriteros, a los cuales descubrimos después, junto con, más tarde, el lugar mismo de su refugio, incluso entonces llegamos demasiado tarde. ¡Ojalá no ocurra lo mismo otra vez!
—No puede ocurrir —le aseguró el señor Garland—. Esta vez vamos a tener éxito.
—Eso he creÃdo y esperado —repuso el otro—. E intento creerlo y esperarlo todavÃa. Pero un peso cruel me oprime el alma, mi buen amigo, y la tristeza que me invade no cede ni a la esperanza ni a la razón.
—No me sorprende —convino el señor Garland—: es la consecuencia natural de los acontecimientos que ha recordado, de aquellos tiempos infelices y, sobre todo, de esta noche espantosa. Una noche realmente espantosa. ¡Escuche! ¡Escuche el rugido del viento!