La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —Señores, deseo éxito, si no les desagrada, a la antigua familia de los Swiveller, y buena suerte al señor Richard en concreto, al señor Richard, señores —agregó con un énfasis especial—, que gasta todo su dinero con sus amigos y es recompensado con un «¡paparruchas!» por sus esfuerzos. ¡Préstenme atención, señores!
—¡Dick! —expresó el otro volviendo a su asiento tras haber recorrido la habitación varias veces de un lado a otro—, ¿puedes hablar un poco en serio durante dos minutos si te muestro la manera de hacer fortuna con muy poco esfuerzo?
—Ja, ¡me has enseñado tantas! —replicó Dick—. Y de todas ellas siempre he salido con los bolsillos vacÃos.

—No dirás lo mismo de esta antes de que pase un minuto —le aseguró su compañero acercando la silla a la mesa—. Has visto a mi hermana Nell, ¿no?
—¿Qué ocurre con tu hermana? —preguntó a su vez Dick.
—Tiene una cara bonita, ¿no es cierto?
—Bueno, pues sà —respondió Dick—. Debo decir en su favor que no existe un gran aire de familia entre ella y tú.
—¿Tiene una cara bonita? —repitió su amigo impacientemente.