La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —Sà —contestó de nuevo Dick—. Tiene una cara bonita, muy bonita. Bueno, ¿y qué?
—Pues te lo diré —aseguró su amigo—. Es probable que el viejo y yo nos llevemos como el perro y el gato hasta el final de nuestras vidas, y que yo no pueda esperar nada de él. Con esto estás de acuerdo, ¿no?
—Un murciélago podrÃa verlo también a pleno sol —respondió Dick.
—Es asimismo evidente que el dinero que el viejo gurrumino (¡que el diablo lo confunda!) prometió que yo compartirÃa a su muerte con mi hermana será todo de ella, ¿no es cierto?
—Eso dirÃa yo —respondió Dick—, a no ser que el modo en que me dirigà a él el otro dÃa le haya hecho alguna mella, lo cual creo posible. Fue un discurso muy elocuente, Fred. «Aquà tenemos a un simpático abuelito», fue una frase a la vez contundente, amistosa y natural. ¿No te pareció asà a ti también?
—No le impresionó lo más mÃnimo —respondió el otro—. Asà que mejor no hablemos de eso. Ahora escucha lo que te voy a decir: Nell va a cumplir pronto catorce años.
—Preciosa para su edad, pero pequeña aún —matizó Richard Swiveller.
—Si quieres que siga hablando, estate callado un minuto —replicó Trent, irritado por el escaso interés que el otro le mostraba—. Ahora iré al grano.