La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —Adelante —lo animó Dick.
—La chica tiene unos afectos fuertemente arraigados y, educada como está, puede, a su edad, ser fácilmente influida y persuadida. Si me encargo de ella, con unos pocos halagos y veladas amenazas conseguiré doblegar su voluntad. Para no perder más tiempo (pues se necesitarÃa una semana para detallar las ventajas del plan), la pregunta es: ¿qué impedirÃa que te casaras con ella?
Richard Swiveller, cuya mirada no habÃa abandonado el borde del vaso mientras su compañero le hacÃa tales observaciones con tono enérgico y serio, tan pronto como oyó la pregunta sufrió una gran consternación y apenas pudo formular el monosÃlabo:
—¡Qué!
—He dicho —reiteró el otro con el mismo tono serio, consciente por larga experiencia del efecto que surtirÃa sobre su compañero— que ¿qué impedirÃa que te casaras con ella?
—Pero ¡si aún no tiene catorce años! —gritó Dick.
—No quiero decir que te cases ahora —replicó el hermano con tono airado—. Digamos dentro de dos, tres o cuatro años. ¿Crees que al viejo le quedan muchos años de vida?