La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —No parece que le queden muchos —constató Dick sacudiendo la cabeza—; pero de estos viejos no hay que fiarse, Fred. Una tÃa mÃa que vive en Dorsetshire se iba a morir cuando yo tenÃa ocho años, y todavÃa no ha cumplido su palabra. Fred, estos viejos son tan incordiantes, tan inmorales y tan resentidos que, si no hay una apoplejÃa hereditaria de por medio, no se puede hacer cálculos con ellos, y aunque los hagas te siguen engañando.
—Consideremos, entonces, el asunto por el lado malo —formuló Trent con la misma pertinacia y manteniendo la mirada fija en su amigo—. Supongamos que vive.
—Eso seguro —aseveró Dick—. Ahà está el problema.
—Digo yo… —siguió su amigo—, supongamos que vive y que yo persuadiera o (si te parece más apropiada la palabra) que obligara a Nell a casarse en secreto contigo. ¿Qué piensas de ello?
—Una familia y unos ingresos anuales ridÃculos para mantenerla —contestó Richard Swiveller después de reflexionar unos instantes.