La tienda de antiguedades

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—Te digo —volvió a la carga el otro con creciente seriedad, la cual, ya fuera real o simulada, surtió gran efecto en su compañero— que él vive para ella, que todas sus energías y pensamientos se centran en ella y que es más difícil que la desherede a ella por un acto de desobediencia que me acoja a mí de nuevo en su favor por cualquier acto de obediencia o de virtud de mi parte. Eso no lo haría nunca. Tú y cualquier otro con dos ojos en la cara puede verlo si quiere.

—Parece improbable, en efecto —asintió Dick con aire pensativo.

—Parece improbable porque es improbable —apuntilló su amigo—. Si le ofreces un motivo adicional para perdonarte, por ejemplo, una ruptura irreconciliable, una disputa terrible, entre tú y yo (hablo, por supuesto, en un plano ficticio), él perdonaría enseguida. En cuanto a Nell, una gota constante desgasta una piedra; sabes que puedes confiar en mí por lo que a ella respecta. Así, viva o muera él, ¿qué importa al final? Tú te convertirás en el único heredero de la fortuna de este rico carcamal, nos gastaremos juntos el dinero y, de propina, tú te llevarás una preciosa y joven esposa.

—Supongo que no existe ninguna duda de que es rico —articuló Dick.

—¿Duda? ¿No oíste lo que dio a entender el otro día cuando estuvimos allí? ¡Duda! ¿Cuál es tu siguiente duda, Dick?


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