La tienda de antiguedades

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Resultaría tedioso referir el resto de la conversación en todas sus artificiosas revueltas o desarrollar los elaborados abordajes con los que se fue ganado el corazón de Richard Swiveller. Basté con saber que la vanidad, el interés, la pobreza y demás consideraciones relativas a la prodigalidad lo empujaron a considerar la propuesta con una actitud favorable y que, aunque faltaran otros motivos, la habitual debilidad de su carácter fue determinante para inclinar la balanza. A estos impulsos debe añadirse el poderoso influjo que su amigo llevaba mucho tiempo ejerciendo sobre él, un influjo tristemente ejercido a expensas de la bolsa y de los vicios de su amigo, el cual, nueve de cada diez casos, era considerado su demonio tentador cuando no era más que su instrumento dócil y descerebrado.

Los motivos, por otro lado, eran más profundos de lo que Richard Swiveller podía columbrar o entender, pero dejaremos que se desarrollen por sí solos, sin exigir por el momento elucidación alguna. La negociación concluyó de manera sumamente grata, y el señor Swiveller estaba en situación de afirmar en términos floridos que no tenía ninguna objeción insuperable para casarse con una persona abundantemente dotada de dinero u otros bienes muebles, y dispuesta a aceptarlo, cuando se vio interrumpido por un golpe en la puerta y la consiguiente perentoriedad de tener que gritar: «¡Adelante!».


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