La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades La puerta se abrió, pero no dejó entrar más que un brazo enjabonado seguido de un fuerte olor a tabaco. El olor a tabaco procedÃa de la tienda de abajo, y el brazo enjabonado del cuerpo de una criada, que, ocupada en aquel momento en fregar las escaleras, acababa de sacarlo de un cubo con agua caliente para tomar la carta que sostenÃa ahora en una mano proclamando en voz alta, con esa percepción de los apellidos tan propia de su clase, que era para el señor Snivelling.
Dick miró en aquella dirección con una cara a la vez pálida y embobada, expresión que aumentó cuando abrió la carta, constatando asà primero una de las desventajas de tener una amiga y segundo que resultaba muy fácil hablar como habÃan estado hablando sin acordarse para nada de ella.
—¿Ella? ¿Quién? —preguntó Trent.
—Sophy Wackles —dijo Dick.
—¿Y quién es?
—Es tal y como mi fantasÃa la ha pintado, señor, asà es como es —respondió el señor Swiveller tomando un largo trago de «rosado» y mirando gravemente a su amigo—. Es adorable, es divina. Tú la conoces.
—La recuerdo —asintió su compañero con indiferencia—. ¿Qué ocurre con ella?