La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —Pues bien, señor mÃo —respondió Dick—, entre la señorita Sophia Wackles y el humilde individuo al que se concede ahora el honor de dirigirle la palabra se han engendrado unos sentimientos cálidos y tiernos, unos sentimientos de la más honorable y poética Ãndole. La diosa Diana, señor mÃo, que grita cuando va a cazar, no es más escrupulosa de conducta que Sophia Wackles. Eso se lo puedo asegurar.
—¿Debo creer que hay algo de verdad en lo que dices? —preguntó su amigo—. No querrás decir que media una relación amorosa.
—Una relación amorosa, sÃ. Una promesa, en absoluto —respondió Dick—. No puede haber ninguna acción por violación de compromiso; eso es un consuelo. Yo nunca me he comprometido por escrito, Fred.
—¿Y qué dice la carta, si se puede saber?
—Es para recordarme, Fred, que esta noche hay una pequeña fiesta de veinte personas, lo que suma doscientos fantásticos dedos de los pies, suponiendo que cada dama y cada caballero tengan los debidos. Yo debo asistir, aunque sólo sea para iniciar la ruptura… Lo haré, no tengas miedo. Me gustarÃa saber si ha dejado el billete ella misma. Si lo ha dejado ella, inconsciente de cualquier obstáculo a su felicidad, resulta conmovedor, Fred.