La tienda de antiguedades

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Para solucionar esa cuestión, el señor Swiveller llamó a la criada y averiguó que, en efecto, la señorita Sophy Wackles había dejado la carta de su propia mano, así como que había venido acompañada, naturalmente por mor del decoro, por otra más joven señorita Wackles y que, al saber que el señor Swiveller se hallaba en casa y, tras haber sido invitada a subir, había mostrado gran indignación y declarado que antes prefería morir. El señor Swiveller oyó este relato con una admiración no del todo coherente con el proyecto en el que acababa de embarcarse; pero su amigo dio muy poca importancia a su conducta, sin duda consciente de que podía ejercer sobre Richard Swiveller un influjo lo bastante grande para controlar sus acciones en este o cualquier otro asunto, siempre que juzgara oportuno ejercerlo para la promoción de sus fines.









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