La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Diríase que el camarero había presentido tan contundente verdad, pues, al volver por los platos vacíos y ser informado por el señor Swiveller, con digna desenvoltura, de que él mismo pasaría a pagar en cuanto saliera de casa, cosa que haría en breve, mostró cierta perturbación anímica y musitó algunas observaciones sobre «pagar a la entrega», «no se fía» y otras frases desagradables; pero finalmente se contentó con preguntar a qué hora probable pasaría el caballero a abonar la cuenta, ya que, siendo el responsable del buey, la verdura y demás accesorios, estaría esperándolo en la puerta. El señor Swiveller, tras calcular mentalmente sus compromisos con estudiada meticulosidad, replicó que efectuaría el pago entre las seis menos dos minutos y las seis y siete minutos. Y cuando el hombre se fue con este leve consuelo, Richard Swiveller sacó un grasiento cuaderno del bolsillo para hacer una anotación.
—¿Es un recordatorio por si te olvidas de ir a pagar? —preguntó Trent con una risita.