La tienda de antiguedades

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—¿Por qué? Espero que no —replicó el señor Swiveller—. El promedio de cartas que necesito para ablandarla es de seis, y esta vez voy ya por la octava, sin resultado aún. Escribiré otra mañana por la mañana. Pienso mancharla ligeramente echándole encima un poco de agua con pimienta para que así parezca más sincera y penitente. «Me hallo en un estado anímico tal que apenas sé qué escribirte (borrón). Si pudieras verme en este momento vertiendo lágrimas por mi mala conducta pasada (pimienta)…, me tiembla la mano de sólo pensarlo (otro borrón)». Si eso no produce el efecto deseado, todo se habrá ido al garete.

Cuando el señor Swiveller terminó su anotación, metió el lápiz en la fundita y cerró el cuaderno con un gesto perfectamente grave y, serio. Su amigo creyó llegado el momento de atender cierto compromiso, y Richard Swiveller se quedó solo, en compañía del vino rosado y de sus propias cavilaciones que atañían a la señorita Sophy Wackles.






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