La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades En aquel instante crítico, la señorita Cheggs demostró ser una aliada vigorosa y útil, pues, no contentándose con expresar con sonrisas desdeñosas su gran desprecio por las habilidades del señor Swiveller, aprovechó la oportunidad para susurrar al oído de la señorita Sophy expresiones de condolencia y simpatía al verla preocupada por tan ridículo personaje y declaró estar muy asustada ante la eventualidad de que Alick se le echara encima y lo golpeara arrebatado por la ira; asimismo, pidió a la señorita Sophy que reparara en cómo los ojos del susodicho Alick brillaban de amor y de odio, pasiones estas que, como podía verse, al ser demasiado grandes para sus ojos, se desbordaban hasta su nariz, imprimiéndole una coloración carmesí.
—Tienes que bailar con la señorita Cheggs —propuso la señorita Sophy a Dick Swiveller después de que ella misma hubiera bailado dos veces con el señor Cheggs, alentando así sus galanterías—. Es una joven muy agradable, y su hermano es encantador.
—¿Encantador, dices? —expresó Dick—. Encantado también, diría yo, por la manera en que no deja de mirar a este lado.
Aquí la señorita Jane (previamente instruida para la_ ocasión) interpuso sus profusos rizos y susurró a su hermana que observara lo celoso que estaba el señor Cheggs.