La tienda de antiguedades

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—¿Celoso? ¡Insolente, diría yo más bien! —proclamó Richard Swiveller.

—¿Insolente, señor Swiveller? —protestó la señorita Jane meneando la cabeza—. Tenga cuidado de que no le oiga, caballero, o podría lamentarlo.

—Oh, por favor, Jane… —medió la señorita Sophy.

—¡Cómo que por favor! —protestó su hermana—. ¿Por qué no puede el señor Cheggs estar celoso si así lo desea? A mí eso me gusta, de veras. El señor Cheggs tiene el mismo derecho a estar celoso que cualquier otra persona, y puede que tenga más derecho pronto, si no lo tiene ya. Tú conoces mejor el asunto, Sophy.

Aunque se trataba un complot amañado entre la señorita Sophy y su hermana, originado con las mejores intenciones y con el objeto de inducir al señor Swiveller a declararse de una vez, fracasó en su efecto, pues, al ser la señorita Jane una joven prematuramente taimada y gruñona, dio una importancia tan indebida a su intervención que el señor Swiveller se retiró de mal humor, cediendo a su amante al señor Cheggs mientras le lanzaba una mirada desafiante, que este devolvió con aire indignado.


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