La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —¿Me ha hablado a mÃ, caballero? —dijo el señor Cheggs siguiéndolo hasta un rincón—. Tenga la amabilidad de sonreÃr, caballero, para que no nos convirtamos en objeto de sospecha. ¿Me ha hablado a mÃ, caballero?
Esbozando una sonrisa altanera, el señor Swiveller fijó la mirada en los pies del señor Cheggs, luego la subió hasta los tobillos, desde ahà hasta las espinillas, luego hasta la rodilla, y asà gradual y sucesivamente a lo largo de la pierna derecha, hasta alcanzar la cintura, donde siguió subiendo los ojos de botón a botón hasta la barbilla y, viajando directamente hasta la mitad de su nariz, llegó por fin a los ojos, momento en el que dijo bruscamente:
—No, caballero, no le he hablado a usted.
—Ejem —exclamó el señor Cheggs, mirando por encima del hombro—, tenga la bondad de volver a sonreÃr, caballero. Tal vez usted deseaba hablar conmigo, caballero.
—No, caballero, tampoco deseaba eso.
—¿Es posible que ahora no tenga nada que decirme, caballero? —insistió el señor Cheggs elevando el tono.