La tienda de antiguedades

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En respuesta a estas palabras, Richard Swiveller retiró la mirada de la cara del señor Cheggs y, viajando por el centro de la nariz, la bajó por el chaleco y toda la pierna derecha hasta alcanzar otra vez los pies, donde se detuvo especialmente; hecho lo cual, alzó de nuevo la vista y, pasando a la otra pierna, y de ahí aproximándose a la cintura como antes, dijo, mirándole a los ojos:

—No, caballero, ahora no tengo nada que decirle.

—Ah, muy bien, caballero —repuso el señor Cheggs—. Me alegra oír eso. Usted sabe dónde me puede encontrar, supongo, en caso de que tenga algo que decirme, ¿no es cierto?

—Puedo informarme fácilmente cuando desee saberlo.

—Creo que no hay nada más que necesitemos decir, ¿verdad, caballero?

—Nada más, caballero —con lo cual, cerraron el terrible diálogo sin dejar de mirarse con el ceño fruncido. El señor Cheggs se apresuró a tender la mano a la señorita Sophy, y el señor Swiveller se sentó en un rincón con cara de enfado.


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