La tienda de antiguedades

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Cerca de este rincón se hallaban sentadas, observando el baile, la señora y la señorita Wackles, a las que acudía la señorita Cheggs (cuando su compañero de baile estaba ocupado con una figura) para hacer algún comentario que resultaba un auténtico cáliz de amargura para el alma de Richard Swiveller. Dos de las alumnas, sentadas muy tiesas e incómodas sobre una banqueta muy dura, miraban a la señora y a la señorita Wackles en busca de alentadora aprobación, y cuando la señorita y la señora Wackles sonreían, buscaban ganarse su favor sonriendo igualmente; pero, en graciosa recompensa a dicha atención, la anciana señora las miró con severidad y dijo que, si se atrevían a incurrir de nuevo en semejante impertinencia, serían enviadas inmediatamente a sus respectivas casas. Esta amenaza hizo que una de las jóvenes, de temperamento débil y nervioso, rompiera a llorar, delito por el que las dos fueron despedidas con una prontitud tal que sembró el terror en los ánimos de las demás escolares.

—Tengo una noticia que darles —anunció la señorita Cheggs acercándoseles una vez más—. Alick está diciéndole a Sophy cosas muy importantes. Palabra de honor que está hablando en serio.

—¿Qué le está diciendo, querida? —preguntó, la señora Wackles.


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