La tienda de antiguedades

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—¡Ah! Toda suerte de cosas —respondió la señorita Cheggs—. No puede imaginar la franqueza con que se está expresando.

Richard Swiveller juzgó oportuno no seguir oyendo más y, aprovechando una pausa en el baile y que el señor Cheggs se acercó a rendir sus honores a la anciana señora, se dirigió a la puerta con la cabeza bien alta, afectando la más completa indiferencia hacia la señorita Jane Wackles, la cual, en toda gloria de sus rizos, estaba flirteando (lo que hacía a modo de práctica cuando no había a mano nada mejor) con un señor mayor que se había retirado a un rincón. Junto a la puerta estaba sentada la señorita Sophy, aún agitada y confusa por las atenciones tributadas por el señor Cheggs, y Richard Swiveller, al pasar a su lado, se detuvo un momento para dirigirle unas palabras de despedida.

—Mi barca está en la orilla y mi barco en alta mar, pero antes de traspasar esta puerta te diré adiós —murmuró Dick con una mirada lúgubre.

—¿Te vas? —preguntó la señorita Sophy con el corazón atribulado a resultas de su estratagema, pero afectando indiferencia a pesar de todo.

—Me voy —musitó Dick con amargura—. Sí, me voy. ¿Algo que decir?

—Nada, salvo que es muy temprano —contestó la señorita Sophy—. Pero eres muy dueño de tus actos, por supuesto.


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