La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —Ojalá hubiera sido mi propio dueño —suspiró Dick— antes de pensar en usted. Señorita Wackles, yo la creÃa honesta y vivà feliz con esta creencia. Pero ahora lamento haber conocido a una joven tan bella como engañosa.
La señorita Sophy se mordió los labios y afectó mirar con interés al señor Cheggs, quien, más allá, estaba ingiriendo una limonada con deleite.
—HabÃa venido —expresó Dick, algo olvidadizo del propósito que lo habÃa traÃdo— con el pecho henchido, el corazón dilatado y los sentimientos igualmente expandidos. Me voy con unos sentimientos que pueden concebirse pero no describirse, sintiendo dentro de mà la verdad desoladora de que esta noche mis mejores afectos han sufrido un definitivo golpe de gracia.
—Estoy segura de que no sabe lo que dice, señor Swiveller —manifestó la señorita Sophy con la mirada baja—. Lamento profundamente que…