La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades La pobre mujer, que no tenÃa motivos para dudar de su hijo, sino que’, confiaba en su honradez y sinceridad, estaba, no obstante, perpleja por el hecho de que no hubiera proferido ni una palabra en su defensa. Visiones de locuras amorosas, bellaquerÃas, robos y ausencias nocturnas de casa (tan extrañamente explicadas y tal vez ocasionadas por algún motivo inicuo) acudieron en tropel a su pensamiento y le quitaron el valor de preguntarle nada. Se sentó en una mecedora, donde empezó a retorcerse las manos y a llorar amargamente. Pero Kit no hizo ningún intento por consolarla, presa de una absoluta perplejidad. El bebé de la cuna se despertó y empezó a llorar. Su hermano mayor cayó al suelo con el cesto encima, que lo tapó por completo. La madre lloró con más fuerza y siguió meciéndose a un ritmo más rápido. Pero Kit, insensible al estruendo y al tumulto, seguÃa sumido en el más completo desconcierto.