La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades El señor Quilp plantó sus reales en el salón trasero y, para poner coto a cualquier negocio ulterior, decidió cerrar la tienda. Tras rebuscar entre los viejos muebles, mandó traer a esta habitación la silla más bonita y cómoda que encontró (la cual se reservó para su propio uso) y otra particularmente fea e incómoda (que consideradamente destinó al acomodo de su amigo), y se instaló con toda majestad. Aunque esta parte de la casa se hallaba muy alejada de la habitación del anciano, el señor Quilp juzgó prudente, como medida preventiva contra un posible contagio a causa de la fiebre, y como medio eficaz de fumigación, no sólo ponerse a fumar él mismo sin parar, sino invitar a que su amigo el abogado hiciera lo propio. Además, envió un correo urgente al chico acrobático del muelle, quien llegó a toda prisa y recibió al punto la orden de sentarse en otra silla junto a la puerta y fumar ininterrumpidamente en una gran pipa que el enano le reservó a tal fin (y no retirarla de los labios bajo ningún pretexto, ni siquiera un minuto). Hechas estas disposiciones, el señor Quilp miró a su alrededor con aire complacido y observó que allí se podía estar muy cómodamente.