La tienda de antiguedades

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El hombre de leyes, cuyo melodioso nombre era Brass[2], podría haberse sentido también muy cómodo de no haber sido por dos grandes inconvenientes: en primer lugar, porque, por mucho que lo intentaba, no lograba sentarse normalmente en la silla, pues tenía el asiento duro, anguloso, resbaladizo e inestable; y, en segundo lugar, porque el humo del tabaco le producía náuseas. Pero como era, por así decir, una criatura del señor Quilp y tenía mil razones para ganarse su favor, trataba de darle gusto y agasajarlo con la mejor sonrisa que era capaz de esbozar.

El tal Brass era un picapleitos de Bevis Marks, en plena City londinense. Alto, delgado, nariz en forma de lupia, frente prominente, ojos hundidos y pelo muy rojo. Vestía un abrigo negro que le llegaba casi a los tobillos, pantalones negros cortos, botines y calcetines de algodón gris azulado. De modales serviles pero voz áspera, su suave sonrisa resultaba tan repelente que, con tal de no soportarla, uno prefería verlo constantemente ceñudo y enojado.

Quilp miró a su consejero jurídico y, viendo que este no dejaba de guiñar los ojos por la desazón que le producía la pipa (a veces tiritaba al inhalar el humo, que se abanicaba en cuanto podía), se mostró muy contento y se frotó las manos de satisfacción.


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