La tienda de antiguedades

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—Tú sigue fumando, cacho perro —espetó Quilp volviéndose al chico—. Llena la pipa otra vez y fúmala deprisa hasta la última calada, o la pongo a calentar en el fuego y te meto por la boca la cera fundida.

Afortunadamente, el chico estaba avezado en estas lides y se habría fumado un pequeño horno de cal si alguien se lo hubiera regalado. Por eso rezongó un simple y breve desafío en dirección a su amo e hizo lo que se le había ordenado.

—¡Hmm, excelente, Brass! Un aroma muy agradable. ¿No se siente como el Gran Turco? —le preguntó Quilp.

El señor Brass pensó que, si se hubiera sentido como el Gran Turco, este no habría sido una persona envidiable en absoluto, pero contestó que el tabaco era estupendo y que, a no dudarlo, se sentía como dicho potentado.

—Es la mejor manera de ahuyentar la fiebre —aseguró Quilp—. Es la mejor manera de ahuyentar cualquier calamidad. Nunca dejaremos de fumar mientras estemos aquí. ¡Sigue fumando, cacho perro, o te tragarás la pipa!

—¿Y estaremos aquí mucho tiempo, señor Quilp? —inquirió su amigo abogado al oír esta gentil advertencia dirigida a su mozo.

—Estaremos aquí, supongo, hasta que se muera el anciano de ahí arriba —replicó Quilp.


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