La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —¡Ji, ji, ji! —se rió el señor Brass—. ¡Ah, muy bien!
—¡No deje de fumar! —le gritó Quilp—. ¡No pare nunca! Puede hablar mientras fuma. No hay que perder tiempo.
—¡Ji; ji, ji! —exclamó Brass débilmente mientras fumaba la odiosa pipa—. Pero ¿y si mejorara, señor Quilp?
—En ese caso, estaremos aquà hasta entonces, y no más —respondió el enano.
—¡Qué amabilidad por su parte, caballero, esperar hasta entonces! —dijo Brass. Algunas personas habrÃan vendido o retirado los artÃculos, seguro, en el instante mismo en que la ley lo hubiera permitido. Algunas personas, señor mÃo, habrÃan mostrado una actitud pedernalina. Algunas personas, señor mÃo, habrÃan…
—Algunas personas se habrÃan ahorrado un cotorreo como el suyo —interrumpió el enano.
—¡Ji, ji, ji! —se rió de nuevo Brass—. ¡Qué buen humor tiene usted!
El fumador que vigilaba la puerta interrumpió la conversación; sin quitarse la pipa de los labios, ladró:
—¡La chica está bajando!
—¿La qué, cacho perro? —preguntó Quilp.
—La chica —replicó el mozo—. ¿Está sordo?