La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —¡Ah! —exclamó Quilp aspirando con fuerza como si sorbiera una sopa—. Tú y yo tenemos una cuenta pendiente; tengo varios arañazos y pescozones preparados para ti, mi joven amiguito. ¡Hombre, Nelly! Mi perla, mi diamante, ¿cómo se encuentra?
—Se encuentra muy mal —contestó la niña llorando.
—¡Qué preciosa, la pequeña Nell! —exclamó Quilp.
—¡Oh, muy guapa, señor mÃo, muy guapa! —asintió Brass—. Encantadora.
—¿Ha venido a sentarse en las rodillas de Quilp —expresó el enano con un tono que pretendÃa ser seductor— o se va a la cama de su cuartito, ahà dentro? ¿Qué irá a hacer la pobre Nelly?
—¡Qué manera tan exquisita de tratar a las niñas! —musitó Brass como si le hiciera una confidencia al techo—. Doy mi palabra de que es un verdadero regalo oÃrlo hablar.
—No voy a estar nada de tiempo —respondió tÃmidamente Nell—. Sólo quiero recoger unas cuantas cosas y después… después ya no bajaré más.
—¡Primoroso cuartito, en efecto! —exclamó el enano, mirando el interior mientras la niña entraba—. Un precioso nido. ¿Estás segura de que no vas a usarlo, estás segura de que no vas a volver, Nelly?