La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —Segura —aseveró la niña, alejándose deprisa con la poca ropa que habÃa cogido—. Nunca más. Nunca más.
—Es muy sensible… —musitó Quilp, observándola—. Demasiado sensible. Da pena. La cama es aproximadamente de mi tamaño. Creo que pasará a ser mi habitacioncita.
El señor Brass aplaudió esta idea (como aplaudÃa cualquiera que emanara de la misma fuente), y el enano entró para hacer realidad sus palabras. Se arrojó de espaldas sobre la cama con la pipa en la boca, las piernas al aire y fumando violentamente mientras el señor Brass contemplaba la escena con total aquiescencia. Y como la cama era blanda y confortable, el señor Quilp decidió utilizarla para dormir por la noche y como diván de dÃa; y, con objeto de certificar esto último, se quedó allà hasta que terminó de fumar el resto de la pipa. En cuanto al hombre de leyes, que para entonces estaba algo mareado y tenÃa la mente confusa (efecto del tabaco en su sistema nervioso), aprovechó la oportunidad para salir a tomar aire fresco, lo que hizo que volviera con mejor cara. Pero, presionado por el malicioso enano a fumar hasta el embotamiento, cayó redondo sobre un diván, donde estuvo durmiendo hasta la mañana.